HUMBERT HUMBERT



Grupo: Humbert Humbert
Canción: Sell Out
Album: Short Panic
Sello: Subterfuge
Año: 2006

Realización, animación y grafismo: Roger Crunch

ocio no consumible

La sociedad del espectáculo hace mucho que asumió que debía absorber la contraculturalidad de cualquier movimiento artístico-contestatario que se atreviese a plantarle cara.
Los museos exponen Dadá, conceptualismo o videoarte; MTV programa grupos de punk, los tatuajes y los piercings se han convertido en decoración corporal, los Simpsoms llevan en antena 12 años, Phallaniuk es editado por el Círculo de Lectores; incluso se llegan a comercializar camisetas con eslóganes anticonsumistas; y para qué hablar de ese clásico que es la imagen del Che, el símbolo de la okupación o la A circunscrita en mecheros, posters y todo tipo de mercadería.
No es nuevo; viene sucediendo periódicamente desde siempre; aunque parece que el tiempo que el sistema tarda en engullir las nuevas propuestas es cada vez más corto; llegando a solaparse el lanzamiento de los movimientos contraculturales con su comercialización.
Por lo tanto, la único acción contracultural real sería la que no pueda comercializarse. No podemos circunscribir esta acción al entorno cultural ni a ningún otro que sea susceptible de ser copiado y posteriormente adoptado y comercializado por la industria del entretenimiento o del ocio; así pues no se trata tanto de no cobrar por las canciones, películas o libros; que también, si no de buscar formas alternativas de disfrute personal que no puedan ser asociadas al consumo. El simple paseo frente a salir a tomar algo, el cantar en lugar de ir a un concierto, el mirar las nubes en lugar de ir al cine. Suena aburrido ¿verdad? Quizá el ser humano comenzó a serlo de veras desde el momento en que comenzó a aburrirse.

Mis ojos

No conozco, o al menos no recuerdo, la sensación que se tiene al abrir los ojos al despertar y poder ver el mundo claramente; con todas sus dimensiones, profundidad de campo y nitidez.
Probablemente para los que pueden hacerlo no sea nada especial. Ellos abren los párpados, y como todos los días, el mundo está ahí; nítido y claro; abren los ojos, dirigen la mirada hacia el despertador, y saben qué hora es. Yo tengo que agarrarlo y acercármelo a una distancia de unos milímetros de mi nariz para poder ver sus manecillas, descifrar su código y conocer la hora en la que he abierto de nuevo mis pupilas miopes al mundo.
Recuerdo que estaba en 2º de EGB, cuando mis padres se dieron cuenta de que el niño se acercaba demasiado a los libros, o quizá guiñaba demasiado los párpados intentando obtener un mejor enfoque; y recuerdo perfectamente a la profesora, la señorita Tita, diciéndome que iba estar muy guapo con mis gafas. Qué encanto de mujer. Debió ser la única persona que me animó en aquel momento, pues desde el día en que unos cristales se interpusieron entre mis ojos y el mundo, mis compañeros de clase comenzaron a llamarme cuatro ojos, y mis padres a advertirme que tuviese cuidado con ellas.
No me importó demasiado. Pronto no sólo fueron mi medio para conocer lo que me rodeaba, sino que se convirtieron en parte de mi cara, al igual que lo son la nariz sobre la que se apoyan; y mis enormes ojos miopes, rodeados de largas y curvas pestañas se fueron empequeñeciendo según aumentaban mis dioptrías.
Quizá es la distorsión producida por mi córnea la que me hace ver el mundo de una forma no convencional; quizá ha sido mi visión defectuosa la que me ha hecho tener una visión muy crítica de la pararealidad en la que se supone que vivimos. Lo que a los demás les parece claro a mí me parece turbio; y quizá sea también la necesidad de acercarme mucho a las cosas para poder verlas bien lo que me hace percibir detalles que están ocultos para algunos. Quizá mi defectuosa visión podría provocar una mirada defectuosa al mundo, pero quiero pensar que es al contrario; que mi necesidad de observar mucho más atentamente, que mi incapacidad visual, me ha hecho perfeccionar mi mirada; tener que esforzarme más al mirar; e incluso apreciar mucho más que los demás lo poco que veo. Podría decirse que veo menos, pero que miro mejor precisamente por eso. Aunque quizá sí que estoy viendolo todo distorsionado; que las cosas no son como las veo. Pero qué importa. No puedo juzgar lo que no veo.